sábado, 14 de febrero de 2009

Cleteando por el campo chino. ¿Qué más se puede pedir?





Dos de las cosas que más me gustan en la vida son China y andar en bicicleta. Juntar ambas es prácticamente un sueño hecho realidad, más aún si se trata de cletear por el campo chino. Eso fue justamente lo que hice con un amigo gringo que hice en el camino en Yangshuo. Temprano arrendamos unas bicicletas de dudosa calidad por todo el día y emprendimos el camino hacia un puente construido durante la dinastía Ming llamado Yulong, el cual cruza el río Jinbao. Tomamos primero la carretera y luego un camino lateral de tierra que llegaba hasta el puente. En el camino, como muchas veces sucede en China, un chino se acerca y se hace nuestro”amigo” lamentablemente yo en mi afán de hablar chino empiezo a hablar con él. Sin embargo, mientras el tipo nos ofrece guiarnos al puente veo que no hay forma de manera de sacármelo de encima, lo cual me hace dudar de su amistad. Debido a ello hay que comenzar a decirle que no tenemos dinero y que no le pagaremos por su compañía. El tipo dice que no hay problema. Continuamos cleteando y a nuestro alrededor se nos aparece el campo chino. Villas pequeñas y antiguas, ancianos y ancianas acarreando bolsas de papas, maderas , frutas y todo lo que uno se pueda imaginar. Pareciera como que fueran jóvenes y tuvieran un estado físico perfecto, pero la verdad es que a simple vista son flacos como yo y la mitad de mi tamaño, pese a ello les apuesto que cualquiera de ellos les gana un gallito o puede trotar quizás en una maratón. También veo a los campesinos chinos laburando en el campo y los diferentes productos que estos cultivan. Me acercó un poco más a esas villas y cultivos que se ven tan lindos a primera vista y me doy cuenta que de cerca pese a que continúan siendo hermoso hay cosas que llaman la atención. Uno observa la basura que rodea las lechugas, tomates y mandarinas y lo sucias que estás las aguas con que riegan los cultivos y al mismo tiempo lavan la ropa. Esto por un momento me hace pensar mucho acerca de las frutas y vegetales que como, las cuales probablemente provienen de ese lugar, pero en verdad es un pensamiento que pasa rápido y trato de olvidar aún más rápidamente para sobrellevar mi estadía en estas tierras sin cargo de conciencia por comer vegetales.

Cuando finalmente llegamos al puente, nuestro “guía” continúa con nosotros. El puente es hermoso y está rodeado por balsas rústicas de bambués en las orillas del río. El “guía” tiene una y nos ofrece darnos un paseo por un alto precio. Ese era su negocio. Sin embargo antes que respondiéramos o alcanzáramos a pensarnos el “guía” pierde todas sus fichas cuando nos pregunta si sabemos nadar. Yo no estoy dispuesto a perder mi cámara y mi amigo gringo, que es fotógrafo y tiene una cámara de cómo dos millones de pesos menos aún. Para confirmar aún más nuestras dudas, al lado de los botes de bambúes aparece un informativo del gobierno señalándonos que es recomendable no subirse a los botes y que todo queda bajo exclusiva responsabilidad de los que quieran hacerlo. Luego de eso no quedan dudas no tomaremos el paseíto.

Continuamos bordeando el río, ahora por la otra orilla y metiendonos a diferentes villas antiguas chinas, observando la vida en el campo chino. A ratos caminamos con la bicicleta al lado pues el camino no se puede seguir sobre la bicicleta. Para el final del día cuando la luz se iba y habíamos sacado cada uno más de 200 fotos(las mías perdidas) decidimos volver. De vuelta y como conclusión les puedo decir que todo lo que tenemos cómo imaginario del campo chino realmente existe. Tras cuatro meses en Shanghai comenzaba a perder las esperanzas que esta realidad chino fuera como en las películas. Sin embargo, es verdad la gente acarrea pesos gigantesco, usan gorritos chinos y usan instrumentos de labranza de la Edad Media. Hay cultivos de arroz en terrazas y las montañas y ríos como fondo del escenario son de reales.