viernes, 9 de octubre de 2009

Shangrila, el comienzo del universo tibetano.

En 1997 el departamento de estudios económicos y tecnológicos de Yunnan declaró orgullosamente haber realizado un nuevo descubrimiento. En el condado de Deqin en la ciudad de Zhongdian se habría encontrado el paraje real de “Shangrila”, el paraíso en la tierra relatado por James Hilton en su libro “Horizonte Perdido”. La historia de la obra cuenta las aventuras de los sobrevivientes de un accidente de avión en algún lugar de la zona de los Himalayas. En ese lugar los desdichados encontraron una sociedad utópicamente gobernada por un anciano sagrado de 163 años. La zona es descrita como de una belleza extrema y según el autor puede ser alcanzada en unas semanas de viaje por tierra desde Beijing en dirección al sudoeste. El gobierno de la zona teniendo presente el auge turístico de Dali y Lijiang y viendo las similitudes del paisaje que rodea al pueblo de zhongdian y sus alrededores, con el de la zona descrita en la obra “Horizonte perdido” decidieron cambiarle el nombre a la ciudad y al condado completo por el de Shangrila (aunque aún el nombre de Zhongdian se puede ver por algunas partes). De esta manera se buscó extender la zona de interés para los turistas que visitaran la provincia de Yunnan. (El mito llegó a tal que en China Daily unos años atrás salió un habitante de la zona que afirmaba ser descendiente de los personajes del libro de Hilton).

Desde Lijiang hasta Shangrila el camino dura unas cinco horas. Si bien son más menos unos doscientos kilómetros , el problema es que esta ruta se encamina desde los 2.000 metros en que está Lijiang a unos 3.200 en los que se ubica Shangrila. Esto hace que el viaje se alargue varias horas y que hacerlo en invierno sea prácticamente imposible debido a las nevadas. El camino es hermoso. Mientras más se sube se va dejando atrás la cultura china y de otras minorías de la zona de Lijiang y Dali y nos vamos adentrando por primera vez dentro del universo tibetano. Ríos cafés cargados de sedimentos y montañas de nieves eternas acompañan gran parte del camino. A unas dos horas antes de arribar a Shangrila ya el camino deja las montañas y curvas y avanza por los valles de la zona. En estos al igual que en otras partes de Yunnan el contraste entre las montañas, los verdes de los pastos y el azul del cielo hacen ciertamente muy fácil tomar fotos y que uno parezca profesional. Aquí también, a estas alturas del viaje y de las montañas comienzan a aparecer las primeras stupas tibetanas (baitas) y los rezos lamaístas puestos al viento en forma de escritos en aquellos papeles típicamente tibetanos para que lleguen a todos los extremos del mundo. Estos están por todos lados. No sólo en templos y stupas sino también en casas e incluso dentro y fuera de camiones y buses. El mío también los tiene como muchos otros también los tiene.

Durante las dos últimas horas del viaje mientras estoy en medio de este paisaje maravilloso y entrando a esta zona tibetana, en la tele del bus me tienen puesto a volumen desconsiderado una obra maestra del cine: “Comando” de Arnold Schwarzenegger. Esta película por si no lo recuerdan es aquella en la cual él solo mata a todo un escuadrón de militares en busca de su amada, la cual por lo demás mide quizás la mitad que él y debe pesar un tercio. No puedo evitar más que reír ante la situación de ver a todos los tibetanos pegados y concentrados viendo la película, mientras uno atraviesa esos hermosos parajes y se va llenando de una especie de misticismo tibetano inculcado por los medios de comunicación de masas, desde nuestra más tierna edad, acerca del paraíso espiritual tibetano. Mientras pienso en eso los tibetanos ven felices como Arnold dispara y dispara y mata y mata soldados.

La entrada a Shangarila está marcada por un stupa gigantesca en el medio de la carretera. A la izquierda de esta se haya el aeropuerto (el cual responde sin duda al boom turístico) y a la derecha una carretera inmensa y desproporcionada por el momento, debido al escaso tráfico, que lleva hasta la ciudad misma. Aunque sin duda con los años el flujo aumentará y está autopista cumplirá la función de mantener el tráfico expedito. La ciudad en sí a mi me pareció bastante linda pese a ser de características chinas, esto es edificios gigantes y cuadrados. Sin embargo, sin dejar de lado lo tibetano. Este aire aun original es el que le da a la urbe un encanto especial. Por sus calles se puede apreciar todos los signos en chino y tibetano (y por supuesto en los lugares turísticos en inglés). Además a cada paso también se encuentran los ofrecimientos para probar carne de Yak, con sus cabezas y colas colgadas en las afueras de los restaurantes. Bastante buena la carne invito a probarla.

Cómo en Lijiang y Dali aquí también hay una ciudad antigua la cual si bien explotada no está tanto como Lijiang y Dali y es bastante agradable de caminar. Por las noches en la plaza principal las minorías hacen bailes de los cuales puedes participar (ojo que participé) y se instala un mercado de comida callejera. Ahora bien lo hermoso de la ciudad es su ubicación pues está se haya realmente en un lugar de cuento. Rodeada por cerros de mediana elevación, se puede subir a ellos para tener vistas panorámicas de la ciudad. En tres de estos cerros uno se encuentra con pequeños monasterios tibetanos los cuales se puede ingresar gratis y se encuentran custodiados por unos dos o tres monjes. Desde ellos se puede ver además los valles aledaños a la ciudad y pegarse una que otra buena conversación con los monjes de los monasterios.

El “Pequeño Potala”


El principal de los monasterios, que tiene unos cuatrocientos de antigüedad, se encuentra a unos cinco kilómetros al norte de la ciudad. Este ha sido denominado como el “Pequeño Potala” haciendo alusión al parecido arquitectónico con el templo principal de los tibetanos ubicado en la ciudad de Lhasa. Hace unos años la entrada era gratis. Cinco años después se puso una entrada de 3.500 pesos y hace unos dos años luego de la afluencia cada vez mayor de turistas la entrada al templo está en los 8.000 pesos. No obstante, hay una manera de entrar gratis la cual lo descubrí con posterioridad al haber pagado la entrada. La entrada por “la puerta trasera” me la contó un tibetano indignado por que se le pusiera precio a los lugares sagrados. Pero como no quieren que nadie se salté la entrada, para llegar al templo la oficina de tickets está a dos kilómetros del templo mismo. Con esto se consigue cortar cualquier ruta de acceso cercana que evite el pago.

Esta vez no reclamaré (tanto) pues realmente el lugar vale la pena. Es un templo maravilloso, con monjes caminado por sus escaleras y con tres o cuatro templos plagados por pinturas tibetanas con la típica coloración tibetana de colores fuertes. El arte mural tibetano hace que la visita valga la pena. El monasterio además de templos está compuesto por todo un conjunto de casas que en sus pies, a la manera de monasterio occidental, forman un centro urbano dominado por el templo. Las vistas de este son magnificas. No parece tener mucha actividad de liturgia lamaísta o no al menos a la hora de visita. Aunque se puede ver a muchos de los monjes de las casas adyacentes trabajando en ellas o en el templo pero no en labores religiosas exactamente sino en labores de albañilería y cosecha. El encuentro más entretenido con los monjes fue en este lugar, tuve la suerte, mientras visitaba algunos lugares alejados del templo, de toparme con un grupo de veteranos monjes, ex compañeros de estudios desde su niñez, los cuales me invitaron a sentarme con ellos.


Hoy la mayoría bordea los ochenta y salvo uno que lo habla regular, ninguno habla chino. Parecen muy tranquilos y poco parece interesarles los problemas entre Tíbet y China, aunque lo primero que aclaran es que el lugar donde estamos parados en el norte de Yunnan es Tíbet tan Tíbet como Lhasa y que no le gustan los chinos. Pero al parecer luego de vivir rodeados de ese paisaje y en la paz de ese lugar, al menos hasta hace diez años atrás, les hace bastante despreocupado de otra cosa que no sea el diario vivir. Me invitaron a sentarme y me dieron de jalar ciertos polvos, ofreciéndome una divertida conversación (y no por los efectos de los polvos) mientras tocan mis pelos de piernas sorprendidos por la cantidad. Luego de eso y pese al sol hermoso que había uno dice que se aproxima la lluvia y saca un paragua de su toga ya preparado de antemano. Yo, por supuesto, debido al radiante sol que nos había acompañado jamás creí que llovería. Pero desde que el lama nos los avisó no pasaron ni cinco minutos y comenzó una lluvia terrible que nos obligó a refugiarnos en la entrada de los tickets por una media hora debido a que por supuesto no llevamos ningún implemento de lluvia con nosotros. Los monjes que llevaban ochenta años viviendo en el lugar y siguiendo cada día la misma rutina por supuesto que lo sabían.

De bicicleta en las afueras.

Como relataba en un artículo anterior, en China una buena lección cuando te hablan de la “ciudad antigua” es tomar una bicicleta y alejarte cuanto antes de la ella. En Shangrila la decisión fue aun más drástica pues no solamente tomé la bicicleta y me fui de de la ciudad sino que me fui a alojar en un hostel en pleno valle de la región de Shangrila, donde realmente me levantaba con los gallos y los yaks pastando afuera de mi ventana.

Una de las mejores decisiones tomadas. Desde ahí tomé la bicicleta y dí una vuelta bajo un día de lluvia por el camino que bordea el Lago Napa. En dicho recorrido atraviesas por innumerables villas tibetanas en los 25 kilómetros que dura la travesía. El camino es hermoso y parece realmente sacado de la novela de Hilton. En el tramo final del camino, en la entrada de Shangrila por la montaña sitiada al norte de la misma, a mitad de la subida ante nuestros ojos aparece a la distancia el monasterio principal de Shangrila y un pequeño camino que entra por la puerta trasera del monasterio. Ahí nadie te cobra entrada y a los monjes poco les interesa esto. Además por esa entrada se pueda ingresar a horas en que las visitas están prohibidas y sólo quedan los monjes allí lo cual le da un aire aun más interesante. Si a esto se le suma el atardecer cayendo por detrás del templo a las 7.30 de la tarde, es más que recomendable darse la vuelta en bicicleta y ver tranquilo y gratis el “Pequeño Potala”.


Shangrila es ya una zona tibetana pero aun pudimos apreciar como esta ya está un poco en forma de producto para los turistas(hay películas nuevas relacionadas con este paraíso terrenal) , con pagos de entradas y algunos museos, los cuales no se pueden visitar muy libremente (lo cual incluye obligación de borrar ciertas fotos), sin embargo lo hermoso del paisaje y templos hacen que la visita sea realmente amena e inolvidable, no obstante aun me parecía demasiado turístico en cuanto al lamaísmo y su desenvolvimiento. Lo que quería ver (lo mejor) aun estaba por venir..


1 comentarios:

hugo dijo...

que envidia....cuando viví en China ( Tianjin) fui en febrero a Yunnan por lo que no pude subir más allá de ligianj, sin embargo, en Dali me encontré con plantas como las de última foto y uns sras Bahai muy amables me ofrecieron de sus frutos ( además de otros no tan naturales que rechacé)
saludos y suerte