En la mañana, tipo 6, partí junto a una americana y un matrimonio holandés (los compañeros de viaje más fomes que conocí en toda las vacaciones) a buscar un pan de molde que nos llevara hasta Litang. Como era de esperar no uno sino varios ofrecieron sus autos para llevarnos. Esto incluye que te suban a uno y luego te bajen y te suban a otro, por uno vaya a saber que arreglo extraño que tengan estos. Finalmente partimos con un chofer con pinta de Jesús tibetano. Este día la lluvia y el frío era intenso. El camino un barrial completo por el cual nuestro “pan de molde” a duras penas atravesaba pero por más que costara siempre lo conseguía con una sonrisa de Jesús de por medio. Nuevamente uno alucina con el camino, montañas de pastos infinitas preanuncian el Sichuan tibetano nómade, y no pasa mucho rato antes de observar las primeras carpas y grupos de jinetes. Así también mientras más avanzamos más atrás va quedando el mundo chino y el camino de pavimentos, en la otra vereda los templos tibetanos y sus monjes comienzan a aparecer a orilla de camino cada vez de forma más regular.
A unas 5 horas de viaje viene la primera parada debido a un deslizamiento de tierra. Realmente no se puede pasar y las rocas siguen cayendo. Aparecen los rumores que la policía abrirá el camino en cuatro horas (eso pueden ser ocho o doce quién sabe). Jesús me dice que hay dos soluciones o volvemos o cruzamos. Al otro lado nos puede arreglar que otro tipo nos lleve previo pago de 100 yuanes más. Yo soy de la idea de volverme, lateado de tanta discusión en chino (a la vez estoy haciendo de traductor de mis acompañantes). Luego accedo a cruzar, la policía nos dice que no podemos pasar y cuando queremos pasar de todas maneras, viene otro derrumbamiento. Nuevamente, por supuesto dudamos, no quiero terminar mis día en el medio de un precipicio en Sichuan, aunque sea un lugar muy lindo. Finalmente lo hacemos, cruzamos y tomamos el bus del otro lado con otro chofer. Una decisión de la cual nunca me arrepentiré. Cruzar ese deslizamiento fue finalmente entrar en el Tíbet que todos quieren ver con pocos turistas y casi nada de influencia china una zona muy distinta de la de Yunnan. Las seis horas de viaje que quedaban siguen en medio del paisaje maravilloso y con cada vez más y más monasterios según nos acercamos a Litang. Nuestro nuevo conductor se comienza a quedar dormido y tememos por nuestras vidas, pero por suerte anda con los mismo polvos que los monjes de Shangrila los jala y parece mantenerlo despierto.
La ciudad de Litang es completamente tibetana y si bien tiene un incipiente turismo este aún es muy reducido como para alterar el tránsito de la vida del lugar. Esta ciudad fácilmente se puede recorrer a pie en dos días si es que nos sufres mal de altura (está ubicada a 4.014 metros). Su calle principal se encuentra abarrotada de un comercio callejero de todo tipo de productos. Ahí cientos de ancianos mueven sus ruedas de rezos y otros cientos de hombres de mediana edad llenan sus calles con sus trajes tradicionales, pelos largos, lentes de sol y algunos cargando sables. Las tiendas hacen a su vez de lugar de trabajo y hogar y por las mañanas se puede ver a la gente despertando en sus tiendas y lavándose los dientes en las aceras del pueblo. La ciudad se encuentra ubicada en un hermoso valle rodeada de cerros cubiertos por pastos y uno que otro topo que circula por sus laderas en busca de alimento. Hacia el sur una cordillera de importantes magnitudes embellece el paisaje. Por el norte la principal lamasería de la ciudad tiene un lugar privilegiado para obtener buenas vistas de la ciudad y del valle en general y poder ver de cerca la vida dentro de un monasterio activo del budismo tibetano.
El templo construido hace unos 300 años en honor del décimo Dalai Lama tiene un estatua de Sakyamuni que se cree fue traída a pie desde Lhasa y esta dominado por cuatro templos en su interior. Aquí nadie cobra entrada para visitarlo. El templo además tiene dentro de él una escuela de monjes lo cual hace aún más interesante la visita. En ella hay estudiantes los cuales sus edades varían desde lo que sería el kindergarten occidental hasta la universidad. Se puede ver en distintas cámaras del templo a los monjes de todas las edades, separados según éstas, entonando mantras tibetanos. Los estudiante mayores se lo toman bastante en serio, los pequeños niños, entregados al monasterio por sus padres para su educación, todavía son niños que quieren jugar y gritan los mantras convirtiéndolos en objetos de diversión. Todos los monjes te reciben cordialmente y tratan de entablar conversación contigo. De manera aún más especial lo tratan de hacer los más pequeños, algunos de los cuales no pasan los cinco años de edad. Todos visten sus túnicas púrpuras aunque ya el paso del tiempo y la búsqueda de comodidad han relajado la disciplina y dejan que usen zapatillas occidentales sin que sea muy mal visto como así tampoco lo es el uso de celular y equipos de músicas. Invitado por uno de los estudiantes mayores tengo acceso a las piezas de los monjes. Estas están adornadas por frescos budistas y fotos del Dalai Lama y otros líderes espirituales tibetanos. Además dentro de ellas hay cocinas y algunos artículos tecnológicos como radios y grabadoras. De comer me ofrecen todo tipo de productos relacionados con los Yaks los cuales incluyen leche, té y queso. También me invitan a quedarme a dormir pero rechazo la invitación cuando el monje me quería obligar a dormir en su cama y él en el suelo. Se respira un ambiente que pensaba ya perdido ante tanto monasterio visitado anteriormente los cuales ya muchos parecen atracciones turísticas, pequeños Disneylandia budistas. Aquí, en cambio, nadie te controla nadie te echa del lugar y libremente lo puedes recorrer por cuantas horas quieras. De hecho a ratos tú eres más atracción turística para los jóvenes y pequeños monjes que te persiguen para que les saques algunas fotografías (alguno piden que se las pases inmediatamente sin saber que hay que meterlas a un computador antes)
Al retirarme del monasterio y caminar por los laberintos de calles entre las casas antiguas del pueblo y ante una lluvia muy intensa otro joven monje me encuentra y me ofrece guarecerme dentro de su hogar. Ahí conozco a su familia, bebo y degusto nuevamente los productos del Yak y espero a que la lluvia cese y continúo mi camino. Ahora estoy en el sur de la ciudad, en la gran stupa blanca de la ciudad. Ahí miles de fieles tibetanos dan la vuelta a la stupa comenzando por la derecha y en sentido de las agujas del reloj como en todo templo tibetano debe ser. Uno puede gastar horas viendo el espectáculo de seguidores y esto no termina. Uno tras otro caminan esparciendo sus rezos por el aire. Algunos, en general los más ancianos, repiten la vuelta veinte veces, otros en tanto, en general los más jóvenes, menos. Pese a ello, la función no se detiene pues a cada rato llegan nuevos files que van renovando las filas y continúan rezando, así como lo han hecho por cientos de años y cada día por generaciones.
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