miércoles 9 de diciembre de 2009

Sichuan tibetano segunda parte: Ganzi y Dege


Ganzi

El destino siguiente del viaje por las alturas tibetanas de Sichuan fue la ciudad de Ganzi. Para llegar ahí tuve que hacer un buen acuerdo con el conductor de una minivan para usar el puesto de copiloto y así evitar irme atrás con seis pasajeros más y sus equipajes. Este pueblo se ubica al noroeste de Litang a unas 7 horas de viaje. A lo largo del camino innumerables monasterios y stupas blancas se pueden observar mientras se avanza por zonas de bosques. Al contrario del camino hacia Litang en este recorrido no hubo mayores problemas con las condiciones del camino, además de esto el clima acompañó sin lluvias de por medio. Construida en un valle de 3.800 metros de altura y rodeada por los gigantescos picos del Monte Chola, es la capital de la Prefectura Autónoma de Ganzi (Garze) y se encuentra principalmente poblada por tibetanos. Su gran atractivo son las vistas del valle y el valle en si mismo donde se puede apreciar de cerca la agricultura tibetana de la zona.

El templo principal de la ciudad, de más de quinientos años, aunque muy reconstruido en ciertas partes, al igual que en Litang se encuentra ubicado al norte y vigila desde un monte a la ciudad. A lo lejos sobre otro monte situado hacia el sur de la ciudad también se puede observar otro monasterio. En el monasterio principal viven unos quinientos monjes entre monjes mayores y estudiantes. Lamentablemente el día que recorrí el templo era un día feriado para los monjes, algo así como lunes de los museos chilenos, sin embargo eso no impide que se pueda recorrer libremente el lugar y conversar con los pocos monjes que están ahí ese día, en mi recorrido dos niños tibetanos me hicieron de guías tanto por el monasterio como por la ciudad antigua que se encuentra inmediatamente a sus pies. Las vistas desde las alturas del templo son maravillosas y si no fuera por el inmenso puesto militar, el cual un monje me lo señaló, que se encuentra también a sus pies el paisaje se disfrutaría con mayor calma, sólo mencionaré que tuve una interesante conversación con uno de sus ocupantes que me preguntó porque iba a visitar el templo, puro interés histórico le dije y pareció dejarlo tranquilo eso.

En la ciudad al igual que en Litang el comercio callejero es extenso y se pueden comprar todo tipo de mercancías incluidas por supuesto artesanía tibetana. Además de ello, como en ninguna otra ciudad visitada los lamas mendigan por las calles con sus trajes gastados en busca de dinero. Se meten a los restaurantes en busca de limosna y pueden permanecer cinco minutos o más frente a ti esperando que les des un yuan (80 pesos). Debo admitir que a ratos esto puede resultar agotador.

Los días en Ganzi los gasté recorriendo el campo tibetano y conversando con uno que otro campesino o monje que se encuentran desperdigados por las zonas de cultivo entre pagodas y pequeños templos que aparecen en los caminos. También conocí a un dueño de un restaurante del cual me hice cliente común el cual tuvo la gentileza de regalarme la comida el último día. Este gesto luego de viajar tanto en China y de ver como negocian contigo sobretodo en los lugares turísticos es algo más que destacable y rara vez pasa entre vendedor y cliente aunque muy común entre amigos. Creo que él vio la relación como esto último.

Una historia de terror en Ganzi

El día que solamente dormí en Ganzi para luego continuar viaje rumbo a Dege me alojé en el primer alojamiento que encontré, este me fue recomendado por el conductor de mi minivan y quedaba ubicado en la misma estación de minivanes. El lugar era un alojamiento muy simple. 2000 pesos la pieza con tres camas, 3000 con dos y 4000 la pieza sola. Los baños del terror como lo señalé en un artículo anterior, mixtos y de condiciones higiénicas dudosas. Además de ser completamente públicos: sin puerta. Por miserable pagué la pieza compartida de dos personas. Hasta las 10 de la noche estaba todo bien pues no había llegado otro pasajero. Pero tipo 10 y media entra un nuevo residente. Mi nuevo compañero de pieza era un tibetano de unos 25 años, venia desde Lhasa y se había comprado ahí un par de nuevas ropas occidentales las cuales se probaba mientras conversaba conmigo o tratábamos de eso debido a nuestros pobres mandarines. Hasta ahí todo bien. El terror comienza cuando saca un cuchillo especie de machete tibetano de unos 40 centímetros, el cual muchos llevan consigo, y comienza a verlo y probar su filo. Luego se me ocurre preguntarle que fue a hacer a Lhasa. Me dice que fue a rezar (que tranquilidad pienso, un seguidor del Dalai Lama) pero luego la situación cambia drásticamente cuando me dice que fue a ver a su hermano a la cárcel del Lasha pues está preso ahí por pegarle un machetazo en la cabeza a un hombre y obviamente darle muerte. Pienso en ese momento para mis adentros: “Tranquilo José, es el hermano no él, no todos son iguales. Tu hermano estudia derecho y tú estudiaste historia”. Sin embargo, la imagen de la daga es demasiado fuerte para mi mente en ese lejano lugar muy lejos de cualquiera de las grandes urbes Chinas a exactamente unas 50 horas de Shanghai en tren… Esa noche no quedó otra que dormir como los delfines con un ojo abierto y otro cerrado y tratar de dormir lo que fuera para luego salir rumbo a Dege. A la mañana siguiente abrí un ojo y me fui.


Dege y la imprenta tibetana más grande del mundo.

Ganzi, pese a ser una locación muy atractiva, la mayoría de los turistas, lo cuales aún son pocos, usan esta ciudad como puesto de paso para seguir rumbo a la ciudad de Dege. En mi caso el primer día fue igual, pues solamente alojé una noche ahí (la noche del terror) y luego continué rumbo a Dege, para luego a la vuelta visitar bien ganzi. En el seno de un valle con el monte Chola al este y la frontera del Tíbet al oeste a sólo 28 kilómetros, Dege vive anclado en la tradición, sin otra referencia que las de los camioneros y los escasos viajeros que pasan por la población. A pesar de que la influencia china es evidente en los edificios modernos, con cubiertas de tejas, la población es mayoritariamente tibetana y la presencia militar que podría esperarse en un lugar tan cercano a la frontera es escasa en el interior de la ciudad comparada con otras ciudades (por ejemplo Litang y sobre todo Ganzi ).

Para llegar a Dege hay que recorrer un arduo camino. En la ruta se pasa por los picos nevados del monte Chola que alcanzan los 6.168 metros y el glaciar Xinhua, que desciende prácticamente hasta el límite de la carretera a 4.100 metros de altitud. El propio monte Chola fue escalado por primera vez en 1998, y a ratos uno se pregunta si la minivan quiere repetir la hazaña. Al llegar al puerto Tro La, de casi 6.000 metros de altura los viajeros tibetanos lanzan plegarias en papel hacia el cielo con la esperanza de que el viaje continúe seguro. Luego de haber visto más de un par de autos volcados a mitad de camino también lanzo plegarias al cielo las cuales para mi alegría rinden frutos pues llego sano y salvo a Dege.

La ciudad de Dege en comparación con Litang y Ganzi no es tan hermosa ni tradicional pero tiene un tesoro de invaluable valor. Este es la Lamasería e imprenta de Bakong. Este edificio construido en 1744 alberga según se cree el 70% del legado cultural del Tíbet. Esta herencia cultural se encuentra acumulada en los más de doscientas diecisiete mil moldes de madera, algunos los cuales datan del siglo XVIII, que posee la imprenta. En ellos se encuentran textos de las cincos ramas del budismo tibetano, incluida la bön (ver artículo acerca de Litang), los cuales abarcan tratados de música, astronomía, geografía, medicina y textos clásicos del budismo. Entre las joyas aquí guardadas se guarda una historia del budismo indio compuesta por 555 tablas de madera (escritas en hindi, sánscrito y tibetano), la cual es la única copia que se conserva en el mundo. En consecuencia a lo antes dicho esta lamasería construida durante la dinastía Qing está considerada como una de las tres lamaserías tibetanas más importantes (junto con el monasterio de Sakya y el palacio de Potala en Lhasa).

En su interior centenares de trabajadores producen manualmente más de dos mil quinientas copias diarias. Se pueden observar el curioso espectáculo de la tinta, los papeles y cepillos moviéndose a una velocidad asombrosa en las manos de los operarios. En el segundo piso, trabajadores de más edad elaboran reproducciones de mayor tamaño de dioses tibetanos, sobre papel y telas de colores, destinadas a ondear como banderas de plegarias en las colinas y en los templos.

También se puede visitar la “biblioteca de madera” donde están almacenados los moldes de dicho material. Las paredes están cubiertas de “libros de maderas” desde el suelo hasta el techo. ¡Que ganas de leer tibetano! De manera extraña en este lugar de Sichuan se paga entrada para entrar, pero el precio bien vale la pena por lo que se ve, mucho más que en otros lugares donde se paga por ver disneylandia budistas del siglo XXI. Sólo me queda realmente esperar que esos dineros lleguen para la conservación de este extraordinario lugar que se salvó de la Revolución Cultural.

Después de Dege el camino me llevaría por los mismo lugares antes mencionados, Ganzi, Litang y Kanding desde donde volvería a entrar al mundo chino, atrás quedaba el mundo tibetano, inolvidable experiencia, que me dejaron sólo con una idea en la cabeza: volver en algún momento. De que va, va…